Jill Hansen solo quería honrar a su esposo Steve, fallecido en 2012 por cirrosis hepática.

Como sus órganos no servían para trasplante, el personal del hospicio le sugirió donar el cuerpo completo a la ciencia. Ella firmó los papeles pensando en algo noble: que su historia con el alcohol sirviera para investigar esa enfermedad en otros pacientes. El cuerpo llegó al Biological Research Center en Arizona, dirigido por Stephen Gore.

Ahí terminó la parte que Jill conocía. Gore vendió el cuerpo, sin su consentimiento, al Departamento de Defensa de Estados Unidos, que lo usó como maniquí en la explosión simulada de un Humvee militar. Jill se enteró después de los hechos y quedó devastada. El agente del FBI Paul Micah Johnson, quien investigó el caso, habló de un mercado gris y negro de cuerpos humanos que opera casi sin control: cada año unas 20.000 familias en EE.UU. donan un cuerpo confiando en que se usará con respeto.

