Andrea Shaw, de Payette, Idaho, encontró a sus gemelos de 18 meses fríos al tacto, boca abajo en la cuna, días después de que recibieran vacunas de rutina contra la hepatitis A, difteria, tétanos, tos ferina e influenza. Fue en mayo de 2025. Dallas y Tyson habían nacido prematuros, pasaron 77 días en cuidados intensivos neonatales, y según ella, la noche anterior a vacunarse eran “bebés normales, perfectos y felices”.

La policía interrogó a la pareja desde el primer día, sin autopsia todavía, según relató el padre, Nathaniel Shaw. Semanas después, Andrea y su esposo aparecieron en un programa de Children’s Health Defense, el grupo antivacunas ligado a Robert F. Kennedy Jr., culpando a las vacunas por la muerte de sus hijos.

La semana pasada, la fiscalía la acusó de dos cargos de asesinato en primer grado y si es declarada culpable podría enfrentar la pena de muerte. La teoría policial: asfixia, no reacción a una vacuna. Permanece detenida con una fianza de 2 millones de dólares, mientras su abogado insiste en que fue una muerte médica y los grupos antivacunas ya usan su historia como bandera.
