Corie Walsh pasó la mañana hablando de Lindsay Clancy con sus amigas.
Eran las 12:30 del 1 de septiembre en Frankfort, Illinois, cuando cerró ese chat grupal donde comentaba el juicio de la madre de Massachusetts acusada de matar a sus tres hijos. Tres horas y media después, una vecina de 17 años encontró a su hijo Barrett, de apenas 2 años, colgado en el sótano de la casa familiar. Lo bajó, llamó al 911 e intentó reanimarlo. No lo logró.


La misma vecina halló después a Walsh en el baño principal, con un cuchillo en la mano, aparentemente autolesionándose. Le quitó el arma antes de que llegara la policía. Según la petición de detención de la fiscalía del condado de Will, Walsh les dijo a los agentes que había matado a su hijo porque era el ‘diablo’ y el ‘anticristo’.
La forense confirmó que Barrett murió por asfixia con una ligadura en el cuello. La abogada de la familia, Andrea Lyon, sostiene que Walsh atravesaba un episodio psicótico. Las autoridades no han confirmado que el caso de Clancy haya detonado el crimen, pero los mensajes de esa misma mañana ya forman parte del expediente judicial.

