Crystal Mangum tenía 27 años cuando su acusación destruyó reputaciones, equipos y certezas en Duke.

Era 2006. Mangum, contratada como bailarina para una fiesta del equipo de lacrosse de la universidad, denunció que tres jugadores la habían violado. El caso explotó en los medios de todo Estados Unidos, arruinó temporadas deportivas y carreras enteras, hasta que la evidencia terminó desmoronando su versión: no había ADN, los testimonios no coincidían, el fiscal a cargo fue inhabilitado por mala conducta.

Años después, en 2013, Mangum fue condenada por matar a su pareja y pasó más de una década tras las rejas en Carolina del Norte. Ahora, ya liberada, su nombre vuelve a la conversación pública como el símbolo de un caso que cambió reglas judiciales y dejó una lección incómoda sobre creer sin pruebas.

