Lisa Reid, de Auckland, Nueva Zelanda, perdió la vista a los 11 años por un tumor que presionaba su nervio óptico. Durante 13 años vivió en la oscuridad, guiada por su perra Ami.

Una noche cualquiera, a los 24 años, se arrodilló para darle un beso de buenas noches a su perra guía y golpeó su cabeza contra una mesa de centro. Se fue a dormir sin darle importancia. A la mañana siguiente, abrió los ojos y podía ver.

Nadie en medicina logró explicar el mecanismo exacto de la recuperación. Reid describe el reencuentro visual con su familia: su hermano, a quien no veía desde los 13 años, ahora era un hombre con barba de candado; su madre lucía igual pero más mayor. Hoy, a los 38 años y siendo madre, comparte su historia para la Semana del Ciego en Nueva Zelanda, en honor a la fundación que la acompañó todo ese tiempo.

