Jaycie Conley, 33 años, madre de California, solo quería aliviar el dolor de cuello que le había dejado el parto de su hijo de seis meses. Fue a su quiropráctico de siempre, como tantas otras veces. Nadie le explicó lo que realmente arriesgaba.

El ajuste fue tan rápido que los médicos después se lo dijeron sin rodeos: esa velocidad le desgarró las arterias del cuello. Sufrió una disección arterial vertebral bilateral. Primero llegaron dos mini derrames. Después, uno más severo la dejó cinco días en cuidados intensivos.

Hoy, con 38 años, arrastra las palabras al hablar y tiene el lado derecho del cuerpo debilitado. Ya no puede cargar a su propio hijo. Antes de aquel ajuste había firmado una renuncia sobre el riesgo de derrame, pero asegura que jamás entendió realmente lo que estaba aceptando. ¿Cuánta gente firma ese mismo papel sin saber lo que puede perder?
