Fernanda Hernández iba camino a su clase de Medicina en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez cuando lo vio.
Un perro café, flaco, hurgaba entre la basura de una tienda de autoservicio. No parecía buscar por gusto, sino por hambre. Fernanda no tenía tiempo de detenerse, pero algo en esa imagen se le quedó pegado. Terminó sus clases, compró comida para el que ya llamaba cariñosamente “bebesito”, y volvió corriendo al mismo lugar.


Ya no lo encontró con vida. No sabe si fue atropellado o si alguien le hizo daño a propósito. Solo sabe que llegó tarde por minutos, con la bolsa de comida todavía en la mano. Entre lágrimas, grabó un mensaje que ya no habla solo de ese perro: habla de esterilizar, de dar agua y comida cuando se pueda, de no mirar para otro lado. Porque a veces la diferencia entre la vida y la muerte de un animal en la calle es simplemente que alguien decida detenerse a tiempo.


