Hay una foto en la que Leo Messi todavía no es nadie.
Un chico flaco, de pelo lacio, parado frente a un ventanal con Barcelona de fondo. Las torres del recinto de la Feria se ven borrosas, como si la ciudad tampoco supiera todavía quién era ese niño. Tiene las manos escondidas, la sonrisa tímida de quien no sabe si está en el lugar correcto.
Detrás de la cámara estaba su padre.

Jorge Messi no fue solo el hombre que negoció contratos ni el que discutía con dirigentes. Fue, antes que nada, el que empacó las valijas en Rosario y cruzó el océano con la fe intacta de que ese hijo suyo merecía una oportunidad. El que alquiló un departamento en una ciudad que no hablaba su idioma. El que, cámara en mano, quiso guardar ese primer día como se guardan las cosas que uno sospecha que van a ser importantes. No sabía, ese día, que estaba fotografiando el comienzo de todo. Jorge murió el 8 de agosto, a los 68 años, en un sanatorio de Rosario, la misma ciudad de la que salieron los dos. Newell’s, el club de sus amores, lo despidió con un comunicado que hablaba de acompañamiento, no de negocios. Porque eso fue, sobre todas las cosas: un padre que acompañó. Hoy Leo es el mejor de la historia. Pero en esa foto todavía es solo un chico con frío, parado frente a una ventana, confiando en el hombre que le decía que todo iba a estar bien. Gracias, Jorge. Por sostener la cámara y por sostenerlo a él.

