Pablo Acuña no tiene brazos ni piernas, pero nunca dejó de ser papá.

Nació así en Paraguay y se mueve desde hace décadas sobre una pequeña carretilla de madera. Cuando su pareja se fue, la menor de sus hijas tenía apenas cuatro meses y la mayor, tres años. Él las crió junto a su madre, Ignacia del Valle.

Aprendió a usar el celular y el control del televisor con la nariz, y aunque nunca pudo ir a la escuela, sus hijas recuerdan su buen humor y la sabiduría de sus consejos.
Cuando Ignacia ya no pudo cuidarlo por su edad, Élida, la menor, tomó una decisión: dejó Argentina y volvió a Paraguay para ayudarlo en lo cotidiano. “Es mi amigo, mi confidente y el mejor papá del mundo”, explicó.

La historia llegó a miles de personas y una ola de solidaridad les permitió tener una casa propia, adaptada a sus necesidades. Ignacia murió a los 97 años, y Pablo ya sueña con un vehículo para salir a conocer lugares y visitar amistades.

