Era 2014 y el presidente de Premiere Speakers Bureau revisaba las condiciones que Robin Williams imponía para presentarse en cualquier evento.


Entre las cláusulas típicas de un actor de su nivel, había una que no se parecía a ninguna otra: exigía que la producción contratara a un número determinado de personas sin hogar y les diera trabajo real durante el rodaje o el evento.


Lord lo contó públicamente después de la muerte de Williams, ese mismo año, a los 63. La biógrafa Emily Herbert respaldó la versión: Williams insistía en que sus producciones sumaran a personas sin techo al equipo de trabajo, una práctica que —según quienes la relataron— habría ayudado a más de 1.500 personas a conseguir empleo con el paso de los años.
No hay un documento oficial que lo certifique, pero sí una amistad real: la que mantuvo con Craig Castaldo, un hombre sin hogar que conoció en 1991 durante el rodaje de El rey pescador y con quien construyó un vínculo que duró años.
Documentada o no, la cláusula cuenta la misma historia que todos los que lo conocieron repiten: Robin Williams miraba a quienes nadie miraba.
