Durante siglos, mercaderes medievales vendieron el colmillo del narval como si fuera el cuerno de un unicornio mágico. La realidad, descubierta ahora, es todavía más extraña.

Ese colmillo espiralado no es un arma ni un adorno: es un diente cubierto de millones de terminaciones nerviosas. Investigadores citados por el biólogo evolutivo Scott Travers encontraron marcadores neuronales activos en su pulpa dental, y comprobaron algo asombroso, al exponer a los narvales a agua con distinta salinidad, su frecuencia cardíaca cambiaba. El animal literalmente siente el océano a través de su propio diente.

A diferencia del esmalte que protege los dientes humanos, el del narval es puro dentina expuesta, lo que le da una sensibilidad extrema para detectar temperatura, química del agua y hasta el hielo del Ártico antes de chocar con él. Y hay más: otra línea de investigación sugiere que ese mismo colmillo también entra en juego en la selección sexual entre machos.

