Julio de 2013. Kali Hardig tenía 12 años cuando entró a nadar en el parque acuático Willow Springs, en las afueras de Little Rock, Arkansas. Lo que nadie sabía era que el agua escondía Naegleria fowleri, una ameba microscópica capaz de destruir el cerebro humano. La ameba entró por su nariz, viajó a través del nervio olfativo y comenzó a consumir células nerviosas. Primero fue un dolor de cabeza intenso. Luego, sus ojos empezaron a girar hacia atrás. Cuando sus padres la llevaron al hospital, los médicos ya habían visto suficiente: le dieron un uno por ciento de posibilidades de sobrevivir la noche.

En los cincuenta años anteriores, de 128 casos documentados en el mundo, solo dos pacientes habían logrado salir con vida. Los médicos contactaron a los Centros para el Control de Enfermedades, que enviaron desde Alemania un medicamento experimental llamado miltefosina, diseñado para otro tipo de infección. El envío se perdió en camino. Cuando finalmente llegó, fue administrado directamente en el cerebro de Kali a través de un puerto implantado mediante cirugía. Durante semanas estuvo inconsciente, conectada a un respirador en cuidados intensivos, incapaz de respirar por sí sola.

Luego, despacio, el cuerpo respondió. Los análisis dejaron de detectar rastros de la ameba. Con terapia cognitiva y física intensa, Kali recuperó sus funciones. En menos de un año volvió a meterse en una piscina. Diez años después, lo describió con la precisión de alguien que lo pensó muchas veces: “Lo llamaron una sentencia de muerte en cuanto vieron esas pequeñas amebas en mi líquido”. Hoy usa su historia para promover la seguridad en el agua. Sigue siendo una de las personas más raras del planeta: alguien que se enfrentó a Naegleria fowleri y ganó.
