En 2015, Beatriz Mota, de 7 años, salió de la graduación de su hermana en su colegio para ir a beber agua y nunca regresó. Cuarenta y un minutos después fue hallada asesinada con 42 puñaladas en un depósito abandonado dentro del recinto, aún con el cuchillo clavado en su abdomen.

El caso estuvo seis años marcado por errores policiales e incertidumbre. Aunque había evidencias, el agresor fue identificado recién seis años después gracias a una tardía comparación de ADN. En ese tiempo, su familia denunció abandono en la investigación, contrató peritos privados e incluso caminó 700 kilómetros como protesta para exigir justicia.

La presión logró reactivar el caso y permitió identificar a Marcelo da Silva, quien confesó haber ingresado al lugar para robar y matar a la niña cuando comenzó a gritar al ver el cuchillo. El crimen conmocionó a Brasil por su brutalidad y por la larga lucha de la familia para esclarecerlo.
