Sebastián Corro tiene 10 años y no se quedó mirando desde la ventana. Cuando los terremotos del 24 de junio partieron en dos la zona costera de La Guaira, en Venezuela, tomó la mano de su abuelo, integrante de una brigada local, y caminó junto a él entre los escombros de Caraballeda.

No llevaba juguetes. Llevaba casco con linterna, lentes de protección, un chaleco con la bandera venezolana y la insignia de la estrella de la vida. En su cintura colgaban unos guantes bordados con su nombre: S. Corro. Ahí, entre miles de rescatistas voluntarios, encontró y salvó a un perro y un gato que nadie más había visto.
Los brigadistas mexicanos que trabajaban codo a codo con él le dieron un apodo que ahora lo persigue con orgullo: ‘topito’. Porque cuando el mundo se derrumba, a veces el que más rápido encuentra una salida es el más pequeño.
