El gato no lloró, pero tampoco se movió.
Mientras la familia se despedía entre flores blancas y velas encendidas, él subió al ataúd y se acomodó ahí, con la cabeza apoyada como si buscara el calor de siempre. ¿Sabía lo que pasaba? ¿Esperaba que su dueño despertara y lo acariciara una vez más? Nadie pudo responder eso, pero tampoco nadie tuvo el corazón para apartarlo.


Casos como este se han repetido en distintas partes del mundo: gatos que se niegan a dejar el cuerpo de quien los cuidó, como si entendieran, a su manera animal, que algo se rompió para siempre. No hace falta que un gato hable para saber que también extraña. A veces basta con verlo quedarse quieto, justo ahí, donde antes estaban los brazos que lo alimentaban.
