Harry tenía 12 años cuando murió Diana. Y durante los siguientes 20 no lloró ni una sola vez.


Ahora, a los 42, lo cuenta en una nueva MasterClass sobre pérdida y sanación. “Pensarías que tuve la mejor ayuda del mundo. Soy un príncipe, por Dios, pero seguía de duelo y no tenía ningún lugar donde poner esos sentimientos”, dice. Y confiesa algo todavía más duro: se sentía desleal y culpable ante la posibilidad de ser feliz sin ella. Como si tuviera que estar triste, y emocionalmente apagado, para probarle que la extrañaba.

Con el tiempo entendió algo que lo cambió: lo único que ella quería era verlo feliz. “Me liberó”, asegura.
A veces el duelo más largo no es el de quien llora, sino el de quien no se permite hacerlo. 🤍

