Ian McKellen amaba a Gandalf, pero no para terminar así.
Me sentí tan triste que pensé que era el momento de dejar la actuación.
Durante la grabación de El Señor de los anillos, se llevaron a cabo enormes trucos de cámara y jugaron con las perspectivas y decorados para dar esa impresión de que Gandalf era mucho más grande que Frodo.
Es decir que Ian compartía el set con sus compañeros, los miraba a los ojos y actuaba con ellos, pero en El Hobbit las cosas fueron muy distintas.

Para que Gandalf se viera mucho más grande que los 13 enanos, no podían grabar juntos. Ellos estaban en un lugar y él, en otro, rodeado de pantalla verde.

Su compañía eran 13 fotografías de sus compañeros pegadas sobre soportes, cada una con una lucecita, la que se encendía cuando a uno le tocaba el turno de “hablar”. Él tenía que recordar adónde mirar, calcular las pausas e imaginar las emociones de personas que no estaban ahí.
“Fingir que estás con otras 13 personas cuando estás solo pone tu capacidad técnica al límite absoluto”, contó después.
Un día no aguantó más. Pensando que nadie lo oía, dijo en voz alta: “Esto no es por lo que me hice actor”.
El micrófono estaba encendido y todo el estudio lo escuchó.
“Lloré, de hecho. Lloré”, reconoció.
El equipo de producción y sus compañeros de elenco se dieron cuenta de su tristeza y decidieron darle una sorpresa. Para rememorar tiempos mejores, decoraron todo su tráiler con objetos de las películas del Señor de los Anillos y llamaron ese día Día del Agradecimiento a Gandalf. El acto funcionó, pero dejó en el aire ese debate de cómo el CGI tiene sus limitaciones, especialmente cuando se necesita ese toque humano.
