No hay mesa reservada ni mantel elegante. Solo dos sillas de plástico verde y una escalera de incendios en Brooklyn.
Apenas el clima empieza a calentar, esta pareja de ancianos sale a su balcón improvisado y repite el mismo ritual: sentarse uno frente al otro, hablar de nada y de todo, mientras la ciudad sigue su ruido allá abajo. Una vecina los descubrió desde su ventana y no pudo dejar de mirarlos: llevan, según cuenta, años haciendo esto cada primavera.
No hay vista al mar ni velas encendidas. Hay algo mejor: una persona que sigue eligiendo a la otra, edificio de ladrillo por medio, año tras año. Porque como bien se dice, no existe un lugar favorito, existe una persona favorita.
