No lo soltó ni un instante.
En el desierto de Damaraland, Namibia, una elefanta caminó durante días bajo un calor implacable cargando en su trompa el cuerpo de su cría, que había nacido sin vida. La tocaba con delicadeza, la olfateaba una y otra vez, como si buscara una señal de que aún respiraba. No hubo tal señal, pero tampoco hubo despedida.
Los investigadores que documentaron la escena explican que los elefantes tienen rituales de duelo complejos: rodean a sus muertos, los tocan con la trompa, a veces permanecen días junto al cuerpo antes de aceptar la pérdida. Esta madre no encontró consuelo en la manada ni en el paisaje árido que la rodeaba, solo en no abandonar a su cría hasta el final.
Carga la muerte con la misma trompa con la que un día acarició la vida.
