No tenía el dinero para un anillo.

Así que buscó otra manera de decirle a su pareja que quería pasar la vida junto a ella. En vez de una joya, apareció con un gatito entre las manos y ahí, sin ceremonia ni discurso preparado, le propuso matrimonio.

No hubo caja de terciopelo ni brillo de diamante. Hubo un maullido, dos personas riendo entre lágrimas y una decisión tomada con lo que tenía: cariño de sobra. El gesto se volvió un recordatorio simple de que el compromiso no se mide en quilates, sino en la intención detrás de cada gesto.

