Media hora. Eso fue lo que tardó en encontrar su propia zapatilla dentro de su propia casa.

Todo empezó como un juego cualquiera: su perro tomó la zapatilla y se puso a mordisquearla por el pasillo, como hace siempre. Pero en algún momento el juego cambió de reglas sin avisar. El perro cruzó corriendo hacia el salón, se sentó con una calma sospechosa, y ahí se quedó, mirando al frente como si acabara de terminar una tarea importante.

Lo que ella no sabía es que la zapatilla seguía en su boca, perfectamente camuflada bajo su hocico, mientras ella revisaba debajo de los muebles, en el clóset y hasta en el jardín. El perro, mientras tanto, no soltó pista alguna: ni un movimiento, ni un ladrido, solo esa mirada de inocencia absoluta que solo un perro sabe fabricar cuando esconde algo. Cuando finalmente lo descubrió, quedó claro quién había ganado ese juego.

