John Anísimov lloró solo, afuera de un hospital en Moscú, el día que nació su hijo.

Los médicos sospechaban síndrome de Down. Su esposa le dio dos caminos: entregarlo a una institución cerrada o divorciarse. Él no lo dudó. “No puedo traicionar a un ser humano de siete días”, cuenta el ingeniero y exmilitar, que fue a buscar al bebé solo a la clínica y desde entonces aprendió, junto a su madre y su abuela, a cambiar pañales y bañarlo en una escuela para padres primerizos.

Hoy Misha tiene seis años y medio. Superó el nivel de motricidad esperado para su edad, aunque en lenguaje avanza más lento. Anísimov va a terapia, participa en grupos de apoyo y admite que aceptar el diagnóstico fue un proceso que nunca termina del todo. Pero cuando le preguntan si valió la pena, no titubea: “Misha llena mi vida”.

