Mr. G tenía 10 años cuando llegó a un santuario de California y dejó de comer. Durante toda su vida había compartido un terreno con Jellybean, una burra que se había convertido en su compañera inseparable. Ambos vivían en la propiedad de una mujer que acumulaba decenas de animales y que ya no podía hacerse cargo de ellos. Cuando las autoridades intervinieron, dos santuarios ofrecieron ayuda, pero uno recibió a Mr. G y el otro a Jellybean.
Los separaron para salvarles la vida, sin imaginar que aquella decisión pondría en peligro a uno de ellos.
Tras un viaje de ocho horas, Mr. G llegó al centro de rescate de Animal Place, en California. Sin embargo, en lugar de explorar su nuevo hogar, se quedó tumbado en un rincón del establo, apenas levantando la cabeza. No quería comer absolutamente nada.

Los cuidadores intentaron tentarlo con melaza, granos dulces, manzanas e incluso comida humedecida, pero el animal rechazaba todo. Tuvieron que ayudarlo a levantarse para evitar que permaneciera demasiado tiempo acostado.
Los exámenes veterinarios no revelaron ningún problema físico que explicara su comportamiento. Sus cuidadores llegaron a la conclusión de que Mr. G estaba sufriendo por la ausencia de Jellybean, la compañera con la que había pasado una década.
Después de cuatro días sin comer, tomaron una decisión: traerla de regreso. El traslado demoró otros tres días, pero finalmente llegó el momento del reencuentro.
Cuando Jellybean entró al establo, Mr. G levantó la cabeza y la miró dos veces, como si no pudiera creer lo que estaba viendo. Entonces comenzó a olfatearla, se incorporó rápidamente y salió detrás de ella hacia el pasto.
Y ocurrió lo que sus cuidadores llevaban días intentando conseguir: Mr. G volvió a comer, directamente del recipiente de Jellybean.

El vínculo entre ambos era tan profundo que Animal Place decidió no volver a separarlos. En lugar de ofrecerlos en adopción, los recibió como residentes permanentes de su santuario de 600 acres.
Después de diez años juntos, Mr. G y Jellybean habían perdido su antiguo hogar, pero no tendrían que perderse el uno al otro.
