En Bungoma, Kenia, hay un kiosco que de noche se convierte en aula.
Su dueño no cobra por el Wi-Fi. Lo dejó abierto para que los estudiantes universitarios del barrio, esos que no tienen para pagar datos móviles pero sí tienen exámenes que rendir, puedan sentarse en las bancas de afuera con el celular en la mano y la señal llegándoles gratis desde su local. Algunos llegan después de clases, otros pasan la noche entera repasando apuntes bajo la luz de su cartel.

Nadie le pidió que lo hiciera. No hay letrero que lo anuncie ni cobro escondido detrás del gesto. Es, simplemente, un vecino que decidió que su conexión a internet valía más compartida que guardada. Y en un lugar donde cada megabyte cuesta, ese kiosco se volvió el rincón donde varios jóvenes están, ahora mismo, más cerca de graduarse.
