Al final ya no hubo gambetas ni descaro. Solo un hombre tapándose la cara con la camiseta de Brasil para que el mundo no lo viera llorar.

No lo consiguió. Lo vimos todos. Y con él lloró un país entero.
Así se despidió Neymar de los Mundiales: con lágrimas que no eran solo por este partido. Eran por todos. Por la vértebra rota en 2014, cuando un rodillazo lo sacó de su Mundial en casa. Por el llanto de Qatar. Por la rodilla destrozada que lo tuvo un año entero en la soledad de la recuperación. Por llegar a este torneo remendado, entre críticas, entrando desde el banco a rasguñar minutos de dignidad.
Todavía tuvo fuerzas para un último acto: un penal clavado en el descuento, cuando ya nada tenía remedio. El gol número final de su historia mundialista. Nadie lo festejó. Él menos que nadie: sabía lo que significaba.
Se va sin la Copa que persiguió toda la vida. Pero que las lágrimas de hoy no borren la película completa: nos vamos despidiendo del máximo goleador en la historia de Brasil, el que superó el récord de Pelé. El niño de Mogi das Cruzes que hizo del fútbol un juego otra vez.
Hay ídolos que se despiden levantando trofeos. A otros les toca despedirse así: a cara tapada, con el escudo pegado a las lágrimas. Como si hasta en el llanto quisiera envolverse en Brasil.
Obrigado por todo, Ney. El fútbol fue más divertido contigo.
