Munira Abdulla tenía 32 años cuando cubrió con sus brazos a su hijo Omar, de 4, en el instante en que el auto donde viajaban chocó contra un autobús en Al Ain, Emiratos Árabes Unidos.

El golpe lo dejó a él casi ileso. A ella le costó la conciencia. Los médicos hablaron de estado de conciencia mínima, ese lugar entre el sueño y la ausencia donde el cuerpo respira pero no responde.
Pasó por hospitales en Al Ain, Londres, Estados Unidos y finalmente Alemania, mientras Omar crecía, se convertía en adulto y seguía visitándola sin saber si alguna vez lo reconocería.

En 2018, 27 años después del accidente, Munira abrió los ojos en ese hospital alemán.

El médico que la trató calificó el caso como extremadamente raro por la magnitud del tiempo transcurrido. Y entre todas las palabras posibles, lo primero que salió de su boca fue el nombre de su hijo: Omar.
