Pachuco solo quería comer.
Era un gatito negro, flaco, de esos que caminan por las calles de México sin rumbo fijo, hasta que una puerta entreabierta lo llevó hasta el mostrador de una tortillería. Ahí estaba la señora Mago, a quien todos conocen como La Güera, con más de 20 años haciendo tortillas en ese mismo lugar. Pudo espantarlo. No lo hizo.
Al día siguiente Pachuco volvió. Y al siguiente también. Poco a poco dejó de ser el gato que pedía comida en la puerta y se convirtió en parte del negocio: los clientes lo saludaban, los niños de la colonia lo buscaban, y La Güera nunca lo trató como un extraño.

Cuando llegó el momento de repintar la fachada, ella tomó una decisión que nadie esperaba: agregar el nombre de Pachuco junto al suyo. Hoy el letrero dice “Tortillería La Güera y Pachuco”, con el dibujo de un gato negro que resume años de compañía silenciosa. Un cuenco de comida se convirtió en una familia, y una familia terminó con nombre propio en la pared.
