Nils Pickert se puso una falda roja en agosto de 2012, y no fue por moda.
Su hijo de 5 años había crecido en Berlín usando los vestidos de su hermana mayor, y a nadie le importaba. Todo cambió cuando la familia se mudó a un pueblo conservador del sur de Alemania: sus compañeros de jardín de infancia empezaron a burlarse de su ropa y el niño dejó de ponérsela.
Dos semanas después le hizo una petición sencilla a su papá: que lo acompañara en lo que ambos llamarían el “Día de la Falda y el Vestido”. “Como si fuera a jugar un partido de fútbol”, contó Pickert. Y él dijo que sí.

Si algún niño los señalaba por la calle, le devolvían la pregunta con total calma: “Es el Día de la Falda y el Vestido, ¿no lo sabías?”. A muchos les funcionaba.
Pickert escribió sobre aquel paseo en la revista feminista alemana Emma, junto a una foto de los dos de la mano, ambos de rojo. Seis días después, un usuario la tradujo al inglés y la historia dio la vuelta a internet. Según el propio Pickert, desde entonces otros niños dejaron de burlarse de su hijo.
Sobre las faldas, su único reclamo es muy terrenal: casi ninguna tiene bolsillos.
