Ezdan Fluckiger llevaba desde 1999 atendiendo pacientes en su pequeño pueblo de Wyoming cuando empezó a hacerse una pregunta que no lo dejaba dormir: ¿qué pasaría con su hija Eleanor cuando creciera?

Eleanor tiene síndrome de Down. Cuando entró a la secundaria, él y su esposa quisieron asegurarle una vida independiente y un empleo de verdad. Entonces recordó algo que siempre le había gustado: hornear. Buscó en internet escuelas de repostería y la primera que apareció prometía enseñar a montar una panadería en solo 20 días. Dudó. Y aun así viajó hasta Oregón, donde la maestra Marda Stoliar le enseñó, a él solo, todo lo esencial. Terminó el programa sin dejar su consultorio y empezó a vender pan desde su casa.

En 2015 abrió la tienda, un año antes de que Eleanor se graduara. “Estaba aterrorizado”, admite. Hoy, a sus 24 años, ella maneja la caja registradora, se lleva de maravilla con sus compañeros y es conocida por todo el pueblo. Un papá hizo harina de su miedo para que su hija tuviera un lugar donde nadie dudara de lo que puede lograr.

