
Imagina estacionar esto en tu garaje: cuatro metros de largo, más de una tonelada y un caparazón con cuernos.
En febrero de 2020, un equipo de investigadores anunció el hallazgo de los fósiles de Stupendemys geographicus, una de las tortugas más grandes que han existido en la Tierra. El paleontólogo Edwin Cadena, autor principal del estudio publicado en Science Advances, explicó que los ejemplares más grandes tenían el tamaño de un auto sedán si sumabas la cabeza, el cuello, el caparazón y las patas. En la famosa fotografía del hallazgo, el paleontólogo venezolano Rodolfo Sánchez aparece recostado junto al fósil para dar una escala exacta de su dimensión, el caparazón más grande jamás encontrado, acompañado además de la primera pieza conocida de su mandíbula inferior.

Vivió hace entre 7 y 13 millones de años en humedales que hoy forman parte de la Amazonía, entre Perú, Brasil, Venezuela y Colombia. Y no era precisamente un paseo tranquilo: los machos lucían grandes cuernos en la parte delantera del caparazón, probablemente para pelear entre ellos o para defenderse de depredadores. Las hembras, en cambio, no tenían ninguno. Según Marcelo Sánchez, paleobiólogo de la Universidad de Zúrich, esa diferencia en los caparazones confirma que había dos sexos bien distintos.
Pero ni con cuernos y una tonelada de peso era la dueña del pantano. Compartía su hogar con ancestros de cocodrilos monstruosos como el Purussaurus, de hasta 11 metros, y el Gryposuchus, de unos 10. De ahí que el caparazón guarde marcas de mordidas: la tortuga más grande del barrio igual tenía vecinos con peor carácter.
