Mia Khalifa tenía apenas 11 años cuando dejó Líbano junto a su familia cristiana rumbo a Maryland, en 2001.


Nadie imaginaba entonces el camino que tomaría su vida. Para 2014 ya era una de las performers más buscadas del mundo, y esa fama le trajo tanto fanáticos como un rechazo brutal, sobre todo en Medio Oriente.


En 2016 su propia familia rompió el silencio con un comunicado escrito: se distanciaron públicamente de ella, calificaron su carrera de “comportamiento poco ético” y dijeron que no reflejaba “las creencias, la crianza y las raíces libanesas” de la familia.


Esperaban, según sus palabras, que “encontrara el camino de vuelta para ser una buena chica”.


Mia respondió en Twitter con una frase corta que resume todo: “Todavía duele saber que la mayoría de mi país natal está asqueado de mí”.
Aun así, nunca se quitó los tatuajes en árabe que lleva en la piel, un pedazo de Líbano que su propia sangre decidió no reclamar.
