Sadio Mané pudo comprarse 10 Ferraris. Pudo llenarse los brazos de relojes con diamantes. Pero cuando le preguntaron por sus lujos, el delantero senegalés respondió algo que nadie esperaba escuchar de una estrella millonaria del fútbol.

“Pasé hambre, jugué descalzo y no fui al colegio”, dijo en 2019, cuando brillaba en el Liverpool. Y agregó la frase que le dio la vuelta al mundo: con lo que gana gracias al fútbol, prefiere ayudar a su gente antes que acumular autos y aviones.

No se quedó en palabras. En Bambali, su aldea natal en Senegal, construyó con su propio dinero escuelas y aportó ayuda económica directa a familias en extrema pobreza. En 2022 esa labor le valió el primer Premio Sócrates del Balón de Oro. Mané nunca olvidó al niño que soñaba con un balón, y hoy es la ayuda que él nunca tuvo.

