Tomasz Komenda tenía 46 años cuando murió en Polonia, en febrero de 2024. Antes de esa fecha, ya había vivido otra muerte: la de 18 años enteros, robados por un tribunal que se equivocó.

En 1996, en la Nochevieja, una adolescente de 15 años llamada Małgorzata Kwiatkowska fue asesinada en el pueblo de Miłoszyce. La policía necesitaba un culpable. Encontró a Komenda.
El 14 de noviembre de 2003 lo condenaron a 15 años de cárcel. Un año después, la pena subió a 25. Comenzó a cumplirla convencido de algo que nadie quiso escuchar: que era inocente.

Pasaron catorce años. Después quince. La familia de la víctima, inconforme con el caso cerrado, insistió en reabrirlo. El 15 de marzo de 2018, Komenda salió en libertad condicional. Dos meses más tarde, el 16 de mayo, el Tribunal Supremo de Polonia anuló su condena entera. Nuevas pruebas de ADN señalaron a los verdaderos responsables: Ireneusz Matuszak y Norbert Basiura, condenados en 2020 a 25 años cada uno. El Estado polaco le pagó a Komenda 12,8 millones de zlotys, unos 2,9 millones de euros. La indemnización más alta jamás otorgada en el país por un error judicial. Con ese dinero intentó armar algo parecido a una vida. Le duró seis años. En febrero de 2024 murió de cáncer, según confirmó a la agencia PAP su abogado, el profesor Zbigniew Ćwiąkalski. Ganó el juicio más importante de su vida. Perdió, para siempre, los años en que pudo haberlo disfrutado.

