

Nadie sabía su nombre.
Durante años vivió encadenado detrás de una cerca, sobre el concreto frío, con la boca cubierta por una cinta que ni siquiera lo dejaba ladrar. Los vecinos lo veían pasar los días ahí, inmóvil, y algo en ese silencio los inquietaba más que cualquier ladrido.


Cuando finalmente se animaron a actuar, encontraron a un animal que no pedía comida ni juegos: pedía que alguien lo notara. Lo liberaron de las cadenas, le quitaron la cinta y le dieron lo que nunca tuvo: un techo, caricias y un nombre. Hoy Alfie corre libre por un patio distinto, y cada paso que da es la prueba de que el abandono no tiene la última palabra.



