Pedro Pimenta tenía apenas 18 años cuando una meningitis bacteriana le costó sus dos brazos y sus dos piernas.

Pasó seis meses internado en un hospital de Brasil y aprendió a vivir en silla de ruedas. Pero diez meses después del alta, viajó a Oklahoma, Estados Unidos, y algo cambió: en la Clínica Hanger conoció a veteranos de guerra amputados en Irak y Afganistán, aprendió a usar sus primeras prótesis y descubrió que la independencia todavía era posible. Ahí, dice, recuperó sus planes de vida.

Hoy Pimenta es fundador de la Clínica Da Vinci, con sedes en Barueri y Belo Horizonte, donde atienden a más de 200 pacientes al año fabricando prótesis a mano y acompañando cada proceso de rehabilitación. Su próximo paso es crear un instituto que luche porque las prótesis sean cubiertas por los seguros médicos en Brasil. Lo que él vivió como tragedia, ahora es la herramienta con la que devuelve autonomía a otros.

