Ginny Hooper hizo clic en “enviar” en su solicitud de admisión anticipada a la Universidad de Nueva York, el sueño de toda su adolescencia. Al día siguiente, recibió un diagnóstico que lo cambió todo.

Todo había empezado con señales que cualquiera descartaría: la cara le cambiaba de forma, tenía más acné y lo atribuyó al estrés. Eran, según explicó, síntomas muy relacionados con las hormonas.

Los médicos descubrieron que tenía síndrome de Cushing: su cuerpo producía cortisol de más. Y al buscar la causa encontraron un tumor en el abdomen, un carcinoma adrenocortical en estadio 4, un cáncer tan raro que afecta a entre 1 y 2 personas por millón al año.


La operación duró nueve horas: le extirparon la glándula suprarrenal derecha, parte del hígado y parte del diafragma, y hallaron un par de lesiones en los pulmones. Hoy, con 20 años, sigue en tratamiento con cirugías, radiación y un ensayo clínico mientras estudia en la universidad.

Ella lo tiene claro: si hubiera seguido culpando al estrés “uno o dos meses más”, podría no estar contando su historia.
