Nagore Goicoechea vivió lo que hoy se conoce como Disforia de Género de Inicio Rápido. “Pensé que ser trans era la solución a mi incomodidad porque eso me vendieron en redes sociales”, confiesa luego de años de confusión.

Todo empezó en su adolescencia, un periodo marcado por la baja autoestima y la falta de amistades. Al no sentirse femenina ni cómoda con vestidos, internet le ofreció una identidad nueva, pero a cambio de alejarse de su familia, a quienes señalaban como transfobicos.

Tras iniciar el tratamiento hormonal, la realidad la golpeó. Un profesor de su facultad fue clave al decirle que “ser mujer no es un sentimiento”. Esa frase, junto al apoyo de una psicóloga, le permitió entender que su malestar era social y no físico. “No tenía que cambiar mi cuerpo para ser feliz”, reflexiona ahora que ha decidido frenar su proceso.

Hoy, Nagore y la asociación AMANDA advierten sobre el riesgo de tomar decisiones médicas irreversibles de forma apresurada. Ella pide prudencia ante un fenómeno que, según dice, a veces solo esconde problemas de autoestima propios de la edad.

