Wolfgang murió atropellado y Steve Greig no supo cómo seguir.
Pasaron semanas y el dolor no se iba, hasta que entendió algo: la única forma de sanar era hacer que naciera algo bueno de esa pérdida. Fue a un refugio en Colorado y pidió al perro con menos posibilidades de ser adoptado. Se llevó a Eeyore, un chihuahua de 12 años con un soplo cardíaco y las patas ya cansadas.


Desde entonces no paró. Hoy cuida a 10 perros, casi todos mayores, junto a una cerdita llamada Bikini, gallinas, patos y un conejo que un desconocido dejó en su jardín sabiendo que ahí lo recibirían. Se levanta a las 5 de la mañana a preparar desayunos distintos para cada uno y repartir remedios como quien cuida a una familia grande. “Es simplemente satisfactorio saber que estos chicos son felices, amados y bien cuidados”, dice. Los viejos, los enfermos, los que nadie quiere: para Steve son, justamente, los que más lo necesitan.


