
Patrick Hardison entró a una casa en llamas buscando a una mujer atrapada.
Era septiembre de 2001 y trabajaba como bombero voluntario en Senatobia, Misisipi. El techo colapsó sobre él antes de que pudiera salir. Sobrevivió, pero el fuego se llevó sus párpados, sus orejas, sus labios y casi toda su nariz. Durante 14 años soportó 71 cirugías reconstructivas y aun así no podía cerrar los ojos para dormir, ni reír sin dolor, ni caminar por la calle sin sentir las miradas de los desconocidos.
En agosto de 2015, en el NYU Langone Medical Center de Nueva York, más de 100 médicos liderados por el cirujano Eduardo Rodríguez le dieron una oportunidad que parecía imposible: un trasplante facial de 26 horas, el más complejo realizado hasta esa fecha. Recibió un nuevo rostro, cuero cabelludo, orejas y los músculos que necesitaba para volver a parpadear. Ese rostro había sido de David Rodebaugh, un ciclista de 26 años que murió en un accidente en Brooklyn y que, como donante registrado, le devolvió a un desconocido lo que el fuego le había quitado 14 años antes.


