Tina Earls tenía una llaga en la fosa nasal en 2012, y no le dio importancia.

Cuando inclinaba la cabeza le goteaban fluidos y el lado izquierdo del rostro se le entumecía. Aguantó el picor y un bulto durante casi dos años, hasta que en mayo de 2014 le diagnosticaron cáncer nasal en estadio dos. Al escucharlo se le cayó el teléfono de las manos. Le ofrecieron radioterapia, pero con una advertencia: podía dejarla ciega y tendría que alimentarse por sonda el resto de su vida. Tina eligió otra cosa, la extirpación total de la nariz. El médico dudaba de desfigurarla para siempre, pero ella lo tuvo claro: ‘¿De qué sirve ser guapa si estoy muerta?’.

En seis meses ya tenía una prótesis para cubrir el enorme triángulo que había quedado en su cara. Pero el pegamento le irritaba la piel, y tras dos años de incomodidad dejó de usarla. Hoy sale a la calle con el orificio descubierto. Si alguien la mira fijamente durante largo rato, ella le devuelve la mirada y sonríe. ‘No hay nada más hermoso que estar viva’, dice.

