Bianca encontró un flan sin supervisión y tomó una decisión que cualquier perro entendería perfectamente: había que probarlo.
El problema es que el plan no salió precisamente limpio. El envase terminó abierto, el postre desparramado y ella con toda la cara manchada, como si hubiera metido la cabeza completa para no desperdiciar nada.

Cuando su dueña apareció, ya no quedaba mucho por investigar. Bianca intentó quedarse quieta y poner su mejor cara de inocencia, pero tenía la evidencia pegada hasta en el pelo.
La retaron, claro, aunque cuesta mantener la seriedad frente a alguien que hizo un desastre por un flan y todavía parece bastante satisfecha con su decisión.
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