

Nadie subió a ese barco sin permiso… bueno, casi nadie.
En la costa de Argentina, un grupo de pescadores terminó su jornada y se metió a dormir sin saber que ya tenían compañía. El intruso no tocó la puerta ni pidió permiso: se coló directo al camarote, se acomodó en una de las camas y se quedó tan a gusto que empezó a roncar como si pagara alquiler ahí. Los tripulantes se dieron cuenta por el ruido. Y cuando fueron a ver qué pasaba, se encontraron con un lobo marino durmiendo profundamente, panza arriba, como si llevara años reservando ese lugar. En vez de espantarlo, lo dejaron terminar su siesta tranquilo.
Cuando por fin despertó, lo ayudaron a volver al agua, seguramente con la mejor resaca de sueño de su vida.
