Nibaldo Villegas, profesor de Villa Alemana, desapareció en agosto de 2018. Diez días después, un grupo de turistas que paseaban en una lancha encontró un torso sin extremidades flotando en el mar de la región de Valparaíso, Chile.
Su familia lo describía como un hombre tranquilo y responsable. Incluso su exesposa, Johanna Hernández, la autora del crimen, reconocería años después que había sido un buen marido, una persona de buen corazón que ayudaba a quienes podía.
Johanna y Nibaldo se conocieron cuando ella tenía 23 años y venía saliendo de una larga relación tormentosa. Nibaldo la acogió a ella y a sus dos hijos como parte de su familia e incluso la incentivó y apoyó para que terminara sus estudios de enfermería. Conocimientos que, irónicamente, más tarde, serían la ayuda que usaría para acabar con él.
La pareja tuvo una hija y construyeron una vida que, lamentablemente, con el paso del tiempo comenzó a deteriorarse.

Tras ocho años de relación, decidieron separarse y hubo graves conflictos por la vivienda familiar y las disputas por el cuidado de la pequeña hija. Nibaldo incluso presentó una denuncia por violencia intrafamiliar contra Johanna, en la que relató presuntos hostigamientos para que vendiera la casa y dividieran el dinero. Sin embargo, en ese tiempo, Chile no tomaba en serio la violencia hacia los hombres y la justicia no dio curso a la denuncia.
Lo que vino después fue un plan macabro y calculado. Según la investigación, su exesposa, Johanna Hernández, y el novio de ella, Francisco Silva, ambos enfermeros, drogaron a Nibaldo con clonazepam molido en un vaso de malta con huevo.
Nibaldo en 10 minutos ya no coordinaba. Se quedaba dormido con un sushi en la boca, yo se lo saqué para que no se fuera a ahogar.
Luego acabaron con su vida con una herida en el tórax y lo descuartizaron en la playa Las Docas, en Laguna Verde. Algunas extremidades las quemaron en una fogata y el resto lo lanzaron al mar desde una quebrada.


Lo que siguió después fue más aterrador. Mientras la familia y amigos buscaban a Nibaldo, Johanna salió llorando en la televisión y pidiendo justicia, pero su familia ya había comenzado a sospechar que algo terrible había ocurrido. Nibaldo nunca regresó a buscar a su hija, algo completamente extraño para quienes lo conocían. Cuando su hermano Edson ingresó a su vivienda, encontró su chaqueta guardada, las llaves colgadas detrás de la puerta, el automóvil estacionado y un vaso roto en el suelo.
La investigación policial comenzó a revelar contradicciones. Los registros telefónicos situaban a Johanna con Nibaldo la noche de su desaparición. Además, Francisco Silva había utilizado una tarjeta bancaria del profesor para retirar 35 mil pesos de un cajero automático, vistiendo ropa de la víctima.

Otra pista resultó especialmente inquietante: pocas horas después de que se confirmara que el torso pertenecía a Nibaldo, Johanna acudió al Conservador de Bienes Raíces de Villa Alemana para consultar por la propiedad inscrita a nombre de su exesposo.
La justicia condenó a Johanna Hernández a presidio perpetuo calificado por parricidio, lo que significa que deberá pasar al menos 40 años en prisión antes de poder solicitar la libertad condicional. Francisco Silva recibió presidio perpetuo simple por homicidio calificado, con un mínimo de 20 años de cárcel antes de poder optar al mismo beneficio. Ninguno tiene garantizada su libertad al cumplir esos plazos.
El caso estremeció a Chile por la brutalidad del asesinato y la frialdad del intento de encubrimiento. Sin embargo, detrás del hallazgo macabro había una historia mucho más dolorosa: la de un buen hombre que no fue tomado en serio cuando pidió ayuda.
