Kate lo notó antes que cualquier análisis de sangre.
Por más que lavaba su ropa y sus sábanas, un olor extraño no desaparecía: algo parecido a una resaca mezclado con madera mojada y un toque de canela. Se lo mencionó a su médico casi como una corazonada, y los estudios confirmaron un linfoma no Hodgkin. Tras el tratamiento, tanto el cáncer como el aroma se esfumaron, hasta que meses después ambos regresaron — esta vez por un cáncer de tiroides.

No es la única que asegura haber olido la enfermedad antes del diagnóstico: otros describen un aroma dulce y fermentado, como masa madre. La ciencia todavía discute si el olfato humano puede detectar el cáncer, pero sí confirma que las células cancerígenas liberan compuestos orgánicos volátiles que alteran el olor corporal, y que perros entrenados logran identificarlos con hasta un 98% de precisión. Kate cree tener nariz de sabueso. Puede que no esté tan equivocada.

