Hay canciones que son solo canciones. Y hay otras que son un país entero cabiendo en tres versos.
Esta se volvió el himno de Argentina en el Mundial. La cantan los jugadores, la corea la tribuna, la susurran los hinchas del otro lado del planeta. Porque no habla de fútbol: habla de memoria.

Por Malvinas, por los que ya no están. Por el Diego, que lo dio todo y se fue demasiado pronto. Y por la última de Leo, el capitán tímido que aún tiene una batalla pendiente antes de colgar los botines.
Ahora aparece Inglaterra, y el destino, que a veces escribe con ironía, vuelve a cruzarlos. Como en el 86, cuando Maradona hizo eterna una tarde. Cuarenta años después, otro número diez sueña con repetir la hazaña.
No será venganza. Será fútbol, que es la forma más noble de saldar viejas cuentas.
