Carolyn tenía unos 70 años y una convicción clara: quería devolverle algo a la tierra incluso después de morir.
El viernes 4 de septiembre la despidieron en Faulconbridge, Nueva Gales del Sur, y la enterraron en el Cementerio de Springwood dentro de un ataúd que no se parece a ningún otro: el Loop Living Cocoon, fabricado con micelio de hongos y fibras de cáñamo recicladas, pesa apenas 30 kilos y puede forrarse con musgo o algodón orgánico. Es el primer entierro de este tipo registrado en Australia, después de superar los estrictos controles de bioseguridad del país.


Su esposo, Donald, contó que la elección reflejaba exactamente quién era ella: alguien que dedicó su vida a ayudar a otros y quiso hacer lo mismo hasta el final. Mientras el 70% de los australianos elige la cremación —que puede generar hasta 160 kilos de dióxido de carbono—, el cuerpo de Carolyn comenzará a fundirse con la tierra en unos 45 días, dejando un rastro que nutrirá a la tierra sin contaminar.

