Joseph Druce ya cumplía cadena perpetua por asesinato cuando decidió que otro prisionero de su cárcel no debía salir con vida. Su objetivo era John Geoghan, un exsacerdote de 68 años condenado por abusar sexualmente de un niño de 10 años y acusado en demandas civiles de haber abusado de hasta 150 menores durante décadas.

El 23 de agosto de 2003, Druce aprovechó una oportunidad para entrar a escondidas en la celda de Geoghan y bloquear la puerta con un libro, dificultando que los guardias pudieran ingresar. Allí lo golpeó y finalmente lo estranguló.
Pero Druce nunca negó lo ocurrido. Horas después confesó y sostuvo que había planeado el asesinato durante más de un mes porque creía que Geoghan volvería a atacar a niños cuando recuperara la libertad. Según el testimonio de un policía, cuando el exsacerdote le rogó por su vida, Druce le respondió: “Tus días terminaron. No más niños para ti”.

Durante su juicio aseguró que había sido víctima de abuso sexual cuando era niño y su defensa argumentó que sufría una enfermedad mental que le impedía ser responsable penalmente. El jurado rechazó esa explicación y determinó que el asesinato había sido premeditado y cometido con extrema crueldad.
En 2006 fue declarado culpable de asesinato en primer grado y recibió otra cadena perpetua, esta vez sin posibilidad de libertad condicional. Antes de escuchar la sentencia, Druce mantuvo su postura.

“Estos pedófilos deben ser detenidos. Por eso lo hice”, afirmó ante el juez. Luego añadió algo más: “Solo hagan responsables a los pedófilos, igual que a mí”.
El juez fue categórico: el historial de Geoghan no convertía a Druce en su verdugo. Una historia en la que víctima y victimario cargaban con crímenes propios, pero donde la justicia determinó que uno no tenía derecho a ejecutar al otro.
