Grover Krantz enseñó anatomía humana toda su vida en la Universidad Estatal de Washington. Cuando el cáncer lo alcanzó en 2002, en Port Angeles, decidió que su última clase sería sobre algo que nunca enseñó en un aula: la lealtad.
Donó su cuerpo al Smithsonian, en Washington D.C., con una condición innegociable: que sus restos permanecieran junto a los de Clyde, su lebrel irlandés. Le dijo al gestor de colecciones David Hunt que había sido profesor toda su vida y quería seguir siéndolo después de muerto. “Grover quería estar con sus perros porque los amaba”, explicó Laurie Burgess, otra antropóloga del Smithsonian.

El museo montó ambos esqueletos recreando una de sus fotos favoritas: Clyde apoyado sobre Grover, en un abrazo que la muerte no logró deshacer. Hoy siguen juntos enseñando sobre lealtad y amor, tal como él lo pidió.
