
En el corazón del paisaje kárstico de Bulgaria existe una cueva que parece diseñada por alguien con sentido del teatro cósmico. Se llama Prohodna, mide 262 metros de longitud y tiene, en el techo, dos aberturas perfectamente ovaladas que desde abajo parecen exactamente lo que su nombre sugiere: los ojos de Dios.
No las construyó nadie. La erosión las fue tallando durante millones de años hasta darles esa forma que, cuando la luz del sol las atraviesa de día, convierte el interior de la cueva en algo difícil de catalogar entre lo natural y lo sagrado. De noche, el efecto cambia pero no disminuye: las estrellas y la luna aparecen enmarcadas en cada abertura como si alguien hubiera recortado el cielo con precisión quirúrgica.
La cueva está ubicada cerca del pueblo de Karlukovo y es uno de los fenómenos geológicos más fotografiados de los Balcanes. Verla en imagen ya impresiona. Pararse debajo de esos dos ojos de roca, con el cielo mirándote desde arriba, es otra experiencia completamente distinta.
