Eran doce niñas de unos 13 años en un campamento de claqué y ballet cerca de Ruidoso, Nuevo México.
A las 5.29 de la madrugada del 16 de julio de 1945, a unos 64 kilómetros de allí, en el valle Jornada del Muerto, Estados Unidos detonó The Gadget, un dispositivo de implosión de plutonio colocado sobre una torre. Era la primera explosión atómica de la historia y ninguna de ellas lo sabía.

Horas después empezaron a caer copos blancos sobre el desierto. Las niñas se pusieron trajes de baño y salieron a jugar en un río cercano. Se pasaban la nieve por la cara y por el cuerpo, y se reían de un detalle imposible: los copos estaban calientes. No era nieve. Era precipitación radiactiva de la explosión.

De aquellas doce niñas solo dos superaron los 40 años de vida. Las demás murieron antes, por distintos tipos de cáncer u otras enfermedades. Nada prueba por sí solo que la causa fuera aquella tarde de juegos. Pero el contraste sigue helando: la risa de unas niñas bajo una nevada de verano y la primera bomba atómica cayendo en silencio sobre sus hombros.
